Extracto de la Novela histórica: Los Secretos Inolvidables del Capitán Marín, un viaje patriótico personal. Sobre el Golpe de estado a Juan Rafael Mora Porras.

El domingo 14 de agosto de 1859, a las tres y media de la mañana, el oficial Sotero Rodríguez llegó a la casa del presidente Mora, al frente de una escolta de veinte soldados del Cuartel de Artillería. Al soldado que estaba al frente de la casa, un hombre descalzo, Sotero le dijo:

-Soldado, hay un desorden en el Cuartel de Artillería y solo el Presidente puede calmarlo. Vaya inmediatamente al Cuartel Principal y se presenta al encargado mientras nosotros despertamos a don Juanito.

-Perdone, usté, -contestó el soldado -pero debo decíselo al sirviente.

Mientras José María Tomás, el sirviente del Presidente, subía a despertar a Juan Rafael Mora, el grupo de Rodríguez entró a la casa, subió por las escaleras y se apostó frente al dormitorio del Presidente. Mora, preocupado por el problema, se puso unos pantalones y una camisa, pero, antes de terminar, Rodríguez entró a la habitación; esto hizo que Inés, la esposa de Mora, gritara, se cubriera con la sábana e inmediatamente corriera a la cuna donde lloraba Camilo, el recién nacido. Juan Rafael Mora, molesto por la intromisión, caminó hacia Rodríguez, quien le dio un fuerte golpe en el estómago, lo que hizo que Mora perdiera el aire y se sostuviera el abdomen. El sirviente Tomás regresó a la habitación, con un revolver cargado en la mano derecha y otro en la izquierda para el Presidente. y le dijo, apuntando al militar:

-Tomad, Presidente, defendeos.

Rodríguez, junto a Mora, mostró su revólver y gritó:

-Si este gachupín dispara, o si se acerca más, le descargo este revólver en los sesos.

Juan Rafael Mora recuperó el aire y dijo en tono imperativo:

-Quieto, José María; no quiero que te hagan nada. Dales el revolver a los soldados.

Rodríguez le dijo:

-Así es. Don Juan Rafael, dese preso y no haga las cosas más difíciles. Debo informarle que su autoridad ha sido desconocida por el ejército; usted ya no es el Presidente. Si intenta hacer algo, tengo órdenes de dispararle con su propio revólver y todos dirán que se suicidó. Si se porta bien nada le pasará a usted, a su esposa, a sus hijos o a este sirviente de mierda.

Al salir, agarrado por un brazo y descalzo, Mora miró a sus captores. Junto a Sotero Rodríguez estaba Luis Pacheco. Mora lo miró a los ojos y le dijo:

-Pacheco!, el que arriesgó la vida para quemar el mesón. ¡Cómo cambia la gente por dinero! Pero algún día la historia dirá: Rodríguez y Pacheco; de héroes a traidores.

Pacheco le dio un pescozón por la cara al Presidente, lo que hizo que le sangraran los labios. Rodríguez sostuvo a Pacheco para que no le pegara más. Le dijo:

-Dejalo, Luis. Ya está bastante humillado. Y, señora, -dijo Rodríguez dirigiéndose a Inés, quien sollozaba -usted y sus hijos deben mantenerse dentro de la casa. Voy a dejar soldados y tienen orden de disparar. No salgan por ningún motivo. ¿Está claro?

-Si, pero, por favor, no le hagan más daño -dijo Inés llorando-

-Solamente si él lo quiere -advirtió el militar.

Mientras la familia de Juan Rafael Mora era custodiada en su casa por cincuenta soldados más, el Presidente fue trasladado al Cuartel de Artillería Al llegar a la esquina, diagonal a la Plaza Principal, Mora vio con desesperanza la otra esquina, al este, donde varios soldados del Cuartel Principal lo custodiaban con celo. Era evidente que en ese cuartel también estaban del lado de los conspiradores. Las siguientes cien varas hacia el norte se hicieron eternas para Juan Rafael Mora. Recordó el lugar en donde había nacido, a la mitad de la cuadra; se preguntó qué ocurriría, quién estaba detrás del golpe, cómo iba a reaccionar el pueblo. Finalmente llegó a la esquina y caminaron hacia el Cuartel de Artillería, doscientas varas hacia el oeste. Miró con dolor cómo estaban custodiadas las entradas al Palacio Nacional, al Congreso, a la Tesorería, a la Corte de Justicia y hasta a la Iglesia de la Merced. Cuando llegó a la plazoleta del Cuartel se dio cuenta de que otros líderes moristas también habían sido capturados y llevados a los calabozos. Al terminar de cruzar la plazoleta, varios soldados lo recibieron apuntándolo con fusiles, como si fuese un ladrón, Entró al cuartel y, de inmediato, lo hicieron bajar a un calabozo húmedo y hediondo a orines donde lo encerraron. Dos hombres se quedaron afuera haciendo guardia.

Mora dio varias vueltas en el pequeño lugar, se entrelazaba los dedos, volvía a ver hacia arriba, escuchaba cuidadosamente con la esperanza de oír disparos, sentía ganas de orinar… Muchos pensamientos se agolpaban en su mente: “Es raro que no se oigan disparos, deben estar preparando una contrarrevolución, ¡cómo me fui a confiar!, ¿estarán involucrados Salazar y Blanco?, seguramente ahorita me sacan de aquí, Dios quiera que no le hagan nada a la familia…”

Treinta minutos después la puerta se abrió y el ex Presidente vio aparecer al coronel Lorenzo Salazar con tres soldados. De momento se alegró al pensar que había llegado a liberarlo, pero la cara de Salazar le mostró de inmediato que no se encontraba frente a un amigo sino frente a un traidor, frente a un carcelero, frente a un posible asesino.

– ¿Lorenzo, Vos? -dijo Mora con voz incrédula.

Juan, no me preguntés nada -afirmó el General, vestido con su mejor traje militar -ahora no sos el presidente; eso es todo.

Ahora mando yo.

– ¿Qué me van a hacer? -preguntó Juan Rafael con humildad.

Lorenzo Salazar entró a la celda y los tres soldados se colocaron detrás del prisionero. Salazar sacó un puñal y se lo puso en el pecho a Mora mientras que dos soldados le sostenían los brazos al ex Presidente. Se quedó viendo al prisionero a los ojos. comiéndose su largo bigote y le dijo:

-Mirá, pedazo de hijueputa, muchas veces tuve que soportar tus órdenes, pero no más. Solo te advierto: si alguna fuerza armada o el pueblo trata de salvarte, te mando a matar sin misericordia. Y estoy dispuesto a hacerlo porque, si no lo hago, ustedes me matan a mí. Vos escogés: o te portás bien y te destierro o te hago aparecer muerto como si te hubieras suicidado. Así, todos esos idiotas que te quieren se quedarán calmados.

-Lorenzo… -comenzó a decir Mora.

Salazar apretó el puñal contra el pecho del ex Presidente, le dio un rodillazo en los testículos y le dijo lentamente:

– ¡General!, ¿me oíste, hijueputa?, General! Yo ya no soy Lorenzo. Soy el general Salazar.

Juan Rafael Mora no pudo hablar más, en parte por la molestia del golpe y en parte por el dolor que le causaba ver el odio que salía del hombre en el que más había confiado. Minutos después fue sacado del calabozo y llevado a su oficina en el Palacio Nacional por un grupo de cien soldados. En su propio despacho estuvo prisionero durante dos días, obligado a explicarle todo a su ex cuñado José María Montealegre y a firmar documentos so pena de hundirle un puñal en el corazón. También se vio obligado a escribirle una carta a un grupo de cuatrocientos alajuelenses que se habían reunido en su hacienda Los ojos de agua, en San Rafael. Tuvo que suplicarles que no derramaran sangre por él, que el doctor Montealegre le había mandado a decir que lo asesinarían a la menor tentativa de rescatarlo.

Novela histórica: Los Secretos Inolvidables del Capitán Marín, un viaje patriótico personal. Capitulo 31. El golpe.

Autor: Cristóbal Montoya Marín

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